miércoles, 14 de septiembre de 2011

MERIDIANO 59


El régimen de no decir las cosas por su nombre estuvo, indistintamente, circunscrito como un método utilizado por la comunidad intelectual para eludir a la policía secreta de Pinochet y por la misma dictadura para justificar el abuso de poder. Cuando la democracia retornó al país, mediante una gestación igual de accidentada que su pérdida, estas expresiones eufemísticas fueron actualizadas, también mediáticamente, y sus consecuencias no pueden ser disimuladas. Más allá del exotismo de las referencias y sin forzar demasiado la comparación, el rebuscamiento lingüístico deudor del “Golpe de Estado” y la “Transición Democrática” terminó involucrándonos en capas de impensables eufemismos. Así, los giros formales, eruditos y populares del habla actualizaron el hábito de maquillar y adormecer significados. Lo heredado por el pasado reciente es una mirada que sigue defendiendo y sosteniendo as convenciones del voluntarismo siútico que ha caracterizado no sólo a las artes en el país. Olvidando algo más que nuestro modesto origen y el escaso capital cultural que poseemos. Un menjunje poco sugerente que la libertad de expresión ni el cambio de siglo logró erradicar.

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