lunes, 16 de mayo de 2011

UN POST EN CONSTANTE PROGRESS


La Bienal de Venecia es algo así como un trending topic del arte. Un acontecimiento pensado para tantear y pesar los hypes de la gente del arte. La palabra bienal, por su parte, es un hashtag de rigor del nunca siempre bien ponderado circuito. A propósito de la de Venecia, Ángel Antonio Rodríguez indica una interesante contradicción: a los artistas no suele gustarle esta bienal pero ninguno renuncia a participar en ella, observando lo sorprendente de la “adecuada inadecuación” de los díscolos invitados. Bueno, apunten, broders: el 4 de junio, inauguramos la Bienal de Venecia en el exilio. Algo así como el sistema de espionaje y operaciones clandestinas de los norteamericanos tras el once del nueve. Una muestra fuera de control. Paul Rosero Contreras nos revela, al respecto, uno de esos imperdibles de media cancha: la Bienal de Venecia de Bogotá, cuyo delicado encanto proviene de una gestión del grupo Matracas desde el popular barrio del distrito capital. Propongo como imagen corporativa de la bienal en el exilio una de Domingo portando elocuentemente su bata de boxeador charrúa. No es una en modalidad de marcha atlética pero es un buen atisbo del juego de piernas de la meridiana hiperlocalidad con los pabellones de la pantanosa serenissima.

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