miércoles, 26 de octubre de 2011

MERIDIANO 17


Fue en las postrimerías del siglo veinte, combinando narraciones sobre la modernización neoliberal y alguna que otra odisea personal, cuando un 17 de febrero de 1987, en la plaza de armas de Talca, tomé la decisión de explorar los límites del imaginario común y corriente latinoamericano, dejando inconclusa una tavoletta concebida cuidadosamente para reconstruir el proyecto cultural chileno. Nunca la terminé. La dejé a medias. Estaba fundido porque llevaba casi una década sin un verano libre, y tenía paranoias psicópatas con los resultados de la prueba de admisión a la universidad. El asunto es que mientras la Guerra Fría y las Dictaduras pasaban de moda, titulé Fuckin’Marcianos a mi pintura incompleta. Tiempo después supe que un 17 de febrero pero de 1793, el revolucionario Danton obligó a excavar la tumba de su esposa, fallecida mientras él estaba fuera del país, al escultor Claude André Deseine para que ejecutara la máscara mortuoria para un busto conmemorativo.

martes, 25 de octubre de 2011

DIAS DE HAMBRE Y ESPERA EL ARTISTA QUE ALGUIEN LO ALIMENTE ?


LA CUPULA ESTA DENTRO Y FUERA LAS IGLESIAS, LOS ESCOMBROS ME AUXILIAN DEJANDO GRIETAS DONDE ENTERRARME Y SACAR LA NARIZ PARA OLER EN LAS NOCHES LA TIERRA HUMEDA.
TODO LO QUE CULTIVO EN MI CUERPO LO RECOJO Y LO ESPARZO HACIA VOSOTROS.

MERIDIANO 18


Por eso, entre las dos últimas décadas del siglo veinte (1987-1993), reconsideré titular The Last Workin’Class Artist Box al proyecto, intentando aludir así no sólo al destierro de los artistas de la república sino también al desarrollo de la cultura local por causas externas. Loyola Records no estaba interesado en seguir a la soporífera escena artística sino mostrar la globalidad ensayada por el experimento político chileno. Un espejo donde se refleja la vuelta a los excesos de clase y el fomento de la separación social y comunicativa. Por eso decidí que mis obras “invisibles” además de ser hiperrealistas (intervenciones que sólo pueden ser vistas si desprejuicias la mirada) fueran tituladas “Fuckin’Marcianos”.

MERIDIANO 19



La elección de acotar la gestión de Loyola Records bajo la terminología discográfica alegoriza irónicamente los intereses de la Industria Cultural dejando aflorar el interés por explorar la filosofía del Do It Yourself. Sin dar a entender pero si visualizar una irreverente pertenencia artística con los contenidos representativos, vivencias y recuerdos que se suceden, unos a otros, y sin pretenderlo, en el Chile neoliberal. Busqué una imagen distintiva para Loyola Records que tuviera un gustillo a las típicas relecturas situacionistas que hizo Jamie Reid en sus carátulas para los Pistols. Pero atenazado también con la simplicidad de los contratipos que los hermanos Larrea utilizaron en los discos de Víctor Jara y Quilapayún. La imagen corporativa terminó siendo la de Lászlo Toth, detenido tras atacar a martillazos a la Pietá. Esta imagen administrada como una carátula de discos la enmarqué en la cobertura teológica atribuída al “milagro (económico) chileno”, asentando en el espectador la invisibilidad de supuestos sentimientos de conmoción, esperanza o desilusión metafísica propios de una nación que ha estado destinada a ensayar ejemplarmente los destinos de los demás. Ignorándose a sí misma. No por nada fuimos y seguimos siendo un laboratorio para las potencias de turno.

MERIDIANO 20


Maverick puede ser traducido como inconformista pero también es la res sin marcar, que no es propiedad de nadie. En la academia, dar cuenta de mi pasaporte tercermundista establece un espacio de conexión con aquellos otros caminos artísticos que están fuera del marco institucional. Tomando distancia de la preponderancia del teorizar por sobre la imagen, algo que ha caracterizado al arte chileno contemporáneo. Vasallaje que me enerva. Tras identificar las condiciones concretas de las relaciones entre arte contemporáneo, cultura e internacionalización, y tomando distancia de cualquier romanticismo latinoamericanista, me parece interesante ser capaz de prever obras desde la vereda tercermundista desligadas de las grandes ferias industriales de arte, permitiendo mover el quehacer artístico en cierta dirección donde la persistencia del “gran salón” de los “ius solis” manteniendo el “ius sanguinis” queda en remojo. Pensar así la globalización del arte puede significar la exclusión de libros, exposiciones y colecciones. El factor, la manera y el coste de esta lógica deja claro que no me siento identificado con el arte contemporáneo chileno ni representado por el arte chileno en general aunque todo lo que hago es resultado de dicho contexto.